Creatividad3 nov 2026 · 6 min de lectura

Sobre la incertidumbre

No nos tumba lo malo. Nos tumba lo que todavía no pasa.

En 2016, en un laboratorio de Londres, un grupo de científicos puso a varios voluntarios a jugar algo casi ridículo: voltear piedras en una pantalla. Debajo de algunas había una serpiente. Si salía serpiente, el voluntario recibía una descarga eléctrica en la mano. De verdad.

Lo interesante no fue el dolor. Fue el momento en que más se estresaban.

Les midieron el sudor, la dilatación de la pupila y lo que cada uno decía sentir. El pico no llegó cuando la descarga era segura. Llegó cuando era imposible saber si venía o no.

Saber que te va a doler estresa menos que no saber si te va a doler.

El estudio (Archy de Berker y colegas, Nature Communications, 2016) confirma con electrodos algo que cualquiera que haya firmado una nómina sabe de memoria: no nos tumba lo malo. Nos tumba lo que todavía no pasa.

La ansiedad no vive aquí

Circula por internet una frase que dice que la ansiedad es un exceso de futuro. Casi siempre se la cuelgan a Lao Tse, que nunca la escribió. La idea, sin embargo, es mucho más vieja que el meme y tiene mejor dueño.

Séneca se la escribió a su amigo Lucilio hace casi dos mil años, en la carta 13: son más las cosas que nos asustan que las que nos aplastan, y sufrimos más en la imaginación que en la realidad. En la carta 5 va más lejos. Cita a Hecatón, que decía que dejarás de temer cuando dejes de esperar, y lo explica con una imagen que no se olvida: el miedo y la esperanza van encadenados como el preso y el soldado que lo custodia. Caminan juntos porque nacen del mismo lugar, una mente estirada hacia lo que vendrá.

Montaigne lo dejó todavía más corto en sus Ensayos: quien teme sufrir ya sufre lo que teme.

Eso es la ansiedad. Pagar por adelantado un dolor que, la mitad de las veces, nunca manda la factura.

Conviene no hacerse el estoico de taza de café, porque la ansiedad no es un defecto de fábrica. Kierkegaard escribió en El concepto de la angustia (1844) que la angustia es el vértigo de la libertad. Sentimos ese vértigo justamente porque podemos elegir, porque el futuro está abierto. La misma inquietud que no te deja dormir es la que te hace revisar dos veces el contrato y guardar para la nómina de diciembre.

El problema no es sentirla. Es mudarse a vivir dentro de ella.

Anne Lamott tiene un nombre para eso: la radio KFKD. Una estación que transmite en tu cabeza a las tres de la mañana, con dos locutores. Uno te dice que eres un genio. El otro, que todo se va a caer. Ninguno de los dos está hablando de hoy.

El único lugar donde se puede hacer algo

En 1951, Alan Watts publicó un libro con un título que parece contradicción: La sabiduría de la inseguridad. Su tesis es incómoda. El deseo de seguridad y la sensación de inseguridad son la misma cosa. Mientras más intentas amarrar el futuro, más te angustia que no se deje. Lo dijo con una imagen física: contener la respiración es perder la respiración.

Marco Aurelio había llegado ahí por otro camino. En el libro segundo de sus Meditaciones escribe que, aunque vivieras tres mil años, nadie pierde otra vida que la que está viviendo ahora. El pasado ya no es tuyo. El futuro todavía no. Lo único que alguien te puede quitar es este momento, porque es lo único que tienes.

Aquí también hace falta matiz. “Vive el presente” se volvió frase de taza, de tatuaje en la muñeca y de pretexto para no pagar la tarjeta. El presente no es desentenderse del mañana. Es el único lugar donde hay palanca para moverlo.

Vale la pena separar dos cosas que se parecen mucho:

Planear es futuro con acción. Preocuparse es futuro sin acción.

Un plan termina en algo que haces el lunes. Una preocupación termina en otra preocupación. Las dos miran hacia adelante, pero solo una regresa al presente con algo en las manos.

La calma no es certeza

Viktor Frankl pasó por Auschwitz y por Dachau, y en El hombre en busca de sentido describe lo que llamó la existencia provisional: la vida de un prisionero que no sabe cuándo termina su condena. Nadie podía planear nada. Esa incertidumbre, escribe, desgastaba tanto como el hambre.

Cuenta también algo que le confirmó el médico del campo. Entre la Navidad de 1944 y el Año Nuevo de 1945, las muertes se dispararon. No hubo más trabajo ni peor comida. Lo que hubo fue un montón de hombres que se habían convencido de que para Navidad estarían en casa. Cuando la fecha pasó, se rindieron.

Décadas después, Jim Collins le preguntó al almirante James Stockdale, que pasó más de siete años como prisionero de guerra en Vietnam, quiénes no habían sobrevivido. La respuesta está en Good to Great (2001): los optimistas. Los que decían “para Navidad salimos”. Llegaba Navidad, después Pascua, después otra Navidad, y se morían de corazón roto.

Stockdale no sobrevivió por pesimista. Sobrevivió por algo más difícil: confiaba en que iba a salir y, al mismo tiempo, miraba de frente lo brutal de su realidad, sin ponerle fecha.

Esa es la distinción que casi nadie hace. La calma no es optimismo. El optimista también vive en el futuro, solo que en uno bonito. Cuando ese futuro no llega, se cae más fuerte.

Epicteto lo resolvió con la primera línea de su Enquiridión: hay cosas que dependen de nosotros y cosas que no. Lo que piensas, lo que decides, lo que haces, depende de ti. Lo demás, no. La serenidad estoica no es indiferencia, es puntería: dejar de gastar la energía donde no hay palanca.

Annie Duke, que fue jugadora profesional de póker antes de escribir Thinking in Bets (2018), lo dice en lenguaje de mesa de juego. Cada decisión es una apuesta con información incompleta. Si te preocupa estar adivinando, ya estás adivinando. La diferencia es si lo haces a ciegas o con los ojos abiertos.

La persona tranquila no es la que sabe qué va a pasar.

Es la que acepta que no sabe y decide igual.

Vivir las preguntas

En diciembre de 1817, John Keats le escribió una carta a sus hermanos tratando de nombrar lo que tenían en común los grandes escritores. Le puso un nombre raro: capacidad negativa. La describió como la capacidad de estar en la incertidumbre, en el misterio y en la duda sin andar buscando, con irritación, hechos y razones.

Esa “irritación” es la palabra clave. La incertidumbre no es lo que nos rompe. Lo que nos rompe es la prisa por quitárnosla de encima. Esa prisa nos hace firmar el primer contrato que llega, cerrar el proyecto antes de entenderlo y contestar el mensaje que debió esperar a mañana.

Emprender es, en el fondo, rentar la incertidumbre por tiempo indefinido. No hay versión de este oficio donde un día se acabe la duda. Lo único que cambia es qué tan bien aprendes a vivir con ella.

Rilke le dio un consejo parecido a un poeta joven que le escribía angustiado, en 1903: que tuviera paciencia con todo lo que no estaba resuelto en su corazón, que amara las preguntas mismas, que las viviera ahora. Quizá así, poco a poco, sin darse cuenta, algún día lejano llegaría a vivir la respuesta.

Regreso a las piedras del laboratorio.

La serpiente va a estar debajo o no va a estar. Eso no depende de ti. Lo que sí depende de ti es cuánto tiempo pasas mirando la piedra antes de voltearla.

¿Cuántas piedras llevas semanas sin voltear?

Nazho Medina

Soy Nazho Medina.

Dirijo Folklore, una agencia creativa en Chihuahua, escribí Necesitas una Marca y llevo años pensando en esto: por qué unas marcas cobran lo que quieren y otras compiten por precio.

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