Hay pocos lugares donde el tiempo pese tanto como en una sala de espera de urgencias.
Las sillas de plástico pegadas una a la otra. La tele prendida en un canal que nadie ve. La máquina de café que se traga las monedas. Un señor con la chamarra de alguien más doblada sobre las piernas.
Cada vez que se abre la puerta, todos levantan la cabeza al mismo tiempo.
Sale una enfermera. Dice un apellido. No es el tuyo. Todos regresan a mirar el piso.
Ahí nadie está sufriendo lo que pasó. Está sufriendo lo que le van a decir. En la cabeza ya ensayó el peor diagnóstico, la llamada a la familia, quién se va a quedar con los niños. Todo antes de que el doctor abra la boca.
La espera duele más que la noticia.
Séneca lo escribió hace casi dos mil años: sufrimos más en la imaginación que en la realidad. No existían las urgencias, pero ya existían las salas de espera.
Lo curioso es lo que pasa cuando por fin sale el doctor. Aunque la noticia sea mala, algo se acomoda. Los hombros bajan. Ya hay algo que hacer: firmar, llamar, ir por la receta. El cuerpo prefiere un problema a una duda.
Pasamos media vida en esa sala, con otra decoración. Esperando que se abra una puerta que no depende de nosotros.
Mientras tanto, en la mano de alguien se enfría un café que lleva una hora sosteniendo sin darse cuenta. Un café que sí existía, pero que se quedó ahí, perdido ante la ansiedad y la duda.
